Caí en un momento de desesperación, estaba envuelto en la oscuridad de un callejón que por más que frotaba mis ojos, no lograba ver el final ni mucho menos la luz que mi mente imaginaba que existía al otro lado del camino.

La oscuridad tenía nombre y apellido, Miriam Hernández, belleza sin igual, aroma espectacular que alertaba de su llegada hasta con 10 metros de distancia. Mirada siempre penetrante y a veces distraída, así era Miriam, así me enamoré de ella.

Podría describir su físico pero eso no fue lo que me atrajo a su ser, eso no fue lo que me incitó a firmar pacto con el diablo, eso queda de lado cuando las miradas chocaban y entre cada beso un eclipse se distinguía en el cielo.

Quisiera regresar el tiempo, quisiera no saludarte para no propiciar tu inminente declive, aunque yo pacté, tu padeciste las consecuencias de un amor egoísta, viste y sentiste lo que un buitre enamorado hace por convertir el cariño en rutina.

La empecé a sentir insegura, el amor que alguna vez me declaró era eco de la actitud y de las palabras tan cortantes que estaba teniendo para mí, le di todo mi amor y no mentiré, sentí todo su amor pero no fue así siempre.

Martina era la bruja del pueblo y jamás creí en esas cosas hasta que mi imaginación sustituyó a la realidad, razoné varias noches seguidas y concluí que lo que alguna vez enamoró a Miriam, hoy era lo que nos estaba separando. Decidí recurrir a la santería, puse en manos de alguien más lo que me correspondía a mí, debía enamorar a mi querida novia todos los días y no cuando se me pegara la gana.

Las ancas de rana, pelos de gato, patas de cabra, sustituyeron las cenas románticas y en vez de eso, usé nuestras fechas importantes junto con las fotografías lindas para someterte a un amarre estúpido que logró el objetivo de mantenerte a mi lado pero en todo el proceso, algo se perdió, la Miriam enamorada dejó el cuerpo y su esencia se fue, se marchó y probablemente jamás regrese.

El amor no es sentir para sufrir, el amor no duele y privar de la libertad a alguien es un acto desalmado, no dejé que fuera libre porque creía que de esa manera se daría cuenta que había mejores personas, personas un poco más seguras que no necesitaran de nada ni de nadie para amarse animismos. Pobre Miriam, le tocó un inseguro, un ególatra que sólo busca su placer y éste es emitido por tu presencia, así sea queriendo o sin querer.

Ahora no puedes dejarme ir, aunque yo lo deseo, nuestros caminos se vieron intervenidos por santería y tarde o temprano me tocará pagar mi condena con el mismísimo diablo ya que para aprisionarte tuve que dar mi alma. ¡Total! Sin ti jamás la tuve, te quedas y es cuando empiezo a sentir, no es amor, es lástima por no ser lo que creíste que era.

Si ardo en el infierno da lo mismo, verte ahí sin sonreír es como quemar el poco corazón que me queda. Te quiero pero no quiero que vivas así, esperaba que éste destino cruel nos juntara pero tuve que recurrir a la santería para asimilar que dejar libre es el acto más humilde y fino de amor ¡Vete…Vete! Márchate y recuerda que ni con santería nos pueden desposeer del derecho a la emancipación que cada uno tiene a la hora de querer y ser querido.

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