Llega el día, un momento clave que te obliga a orillarte hacia una realidad que evades. La madurez aterriza en tu puerta, comienzas a seguir a pesar de que no quieres que la vida continúe. Los padres se acaban, los hermanos emprenden nuevos viajes, los antiguos amantes se casan y otros tantos se separan a la idea de mantener una relación a tu lado y a pesar de todo eso, tú debes continuar.

El reloj avanza aunque siempre marque las mismas horas y más cuando volteas a ver el lado izquierdo de tu cama y en cada ocasión, alguien nuevo reposa su cabeza en la almohada que decidiste tendría lugar para alguien especial. Resulta, después de varios intentos, que esa persona especial es un mero espejismo, no existe aunque te aferras a la idea de pegarte al tiempo para esperar y esperar sin darte cuenta que la vida continua.

Las noches se ven más estrelladas aunque estrellada es tu forma de ver las cosas, tal parece que la noche es la única digna de escucharte, los días se hacen eternos, el sol ya no calienta y aunque te expongas desnudo ante las llamas del verano, sigues frío porque congelaron tu corazón.

La fe se pierde, dejas todo en manos del tiempo y olvidas que hay un destino más poderoso que la idea de quedarte parado, de no avanzar y no creer que hay un mejor porvenir.

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