Cuando tenía que presentar un examen en la universidad, llevaba en algún bolsillo una pulsera con esferas de colores, muy fea por cierto. Ese amuleto era efectivísimo para salir airosa de cualquier prueba. Creía mucho en su “poder”, y aun cuando sabía que otorgarle tanta fuerza no era racional, siempre lo hice. Para algunos, ser supersticioso es de locos, pero soy de las que prefiere creer en los “quizás”. Por eso evito que me barran los pies, tengo mucho cuidado con los espejos, y jamás paso por debajo de una escalera.

Pero la superstición no es algo de pocos, muchas personas lo son, aunque algunos se avergüencen de esto. Explicar la realidad con ideas fantasiosas es muy frecuente entre los seres humanos. Según diversas investigaciones, los individuos somos supersticiosos cuando no tenemos la seguridad de lograr algo. Para Eric J. Hamerman, uno de los responsables de un estudio relacionado con el tema, la superstición pudiera aumentar la confianza en las personas, lo que se traduce en un mejor desempeño en las actividades que realiza, pero señala que no debemos olvidar que se trata de algo irracional.

Según el psicólogo Scott Fluke, las personas utilizan la superstición para aumentar su control sobre la incertidumbre y reducir el sentimiento de impotencia. Para Fluke, algunos individuos tienen mayor facilidad en confiar en estas creencias sobrenaturales que en crear estrategias que les permitan afrontar sus problemas. Y esto es una desventaja, pues los convierte en seres pasivos. Asimismo, señala que los individuos menos decididos son los que más creen en hechicerías, ritos y brujerías.

Pero ser supersticiosos también puede ser positivo, ya que nos brinda confianza, y nos hace sentir seguros. Es una especie de muleta de la que nos apoyamos para seguir adelante. La superstición puede aparecer como un mecanismo de defensa ante el miedo a lo desconocido. Muchas personas, y me incluyo en este grupo, somos supersticiosas porque serlo nos da calma. De hecho, la neurociencia ha demostrado que utilizar estas creencias que permiten responder nuestras dudas, nos ofrece cierta tranquilidad. Sin embargo, no podemos dejar que la superstición se apodere de nuestra vida, pues es un arma de doble filo que nos puede causar ansiedad.

Dicen que en los pueblos subdesarrollados o en las personas de bajo nivel cultural está presente la superstición, pero quienes afirman esto, también aseguran que no se debe caer en generalizaciones. Según algunos especialistas, los individuos obsesivos y controladores tienden a ser supersticiosos, independientemente de si viven o no en un país tercermundista. Y es que al parecer, drenan sus obsesiones con estos extraños rituales. Otros psicólogos afirman que estos creyentes pueden ser también inestables emocionalmente.

Aferrarnos a un amuleto nos quita la responsabilidad del futuro, un futuro que para algunos ya está escrito, o depende de fuerzas mágicas inexplicables y poderosas. Muchos supersticiosos creen que no tienen ningún tipo de control sobre su destino, pero absurdamente piensan que los rituales mejorarán su suerte. Ciertamente, estos pueden brindarnos tranquilidad, pero volvernos extremadamente supersticiosos resulta sumamente perjudicial para el desarrollo de nuestra vida diaria. No podemos dejar en las “manos” de otro la responsabilidad de nuestro destino; después de todo, tal y como lo dijo Shakespeare una vez: “El destino es el que baraja las cartas, pero nosotros somos los que jugamos”.

 

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