¿Sabías que millones de árboles son plantados por ardillas? Al parecer, ellas entierran sus nueces y luego olvidan donde las escondieron. Algo parecido le ocurría a mi mamá con los Torontos, unos bombones venezolanos que ocultaba para evitar comerlos. La única diferencia es que cuando los encontraba, en vez de árboles, conseguía hongos.

Mi mamá es maravillosa, como casi todas las mamás del mundo. Pero tiene sus defectos, tampoco podía salirme perfecta. Su memoria no es prodigiosa, y cuando le da por esconder cosas, jamás las consigue (ni poniendo a San Antonio de cabeza). Esconder chocolates era una especie de estrategia que utilizaba para adelgazar o para que la chuchería le durara un poco más. Para mí, aquello resultaba una simple trampa que no le daba buenos resultados: los chocolates no le rendían más (una vez que los conseguían estaban llenos de hormigas o de moho), ni tampoco lograba adelgazar (ante la frustración de no encontrarlos, salía a comprarse unos nuevos).

Ni mi mamá ni yo sabemos guardar chocolates; cuando los abrimos, acabamos con ellos. Pero el problema no lo tenemos nosotras, sino nuestra fuerza de voluntad; esa que con un chocolate enfrente se vuelve endeble y regalada. Y como no conoce de principios, nos sabotea las ganas de evitar llenar nuestro cuerpo de azúcar. Por ello, un chocolate en nuestras manos dura tan sólo un par de minutos.

La fuerza de voluntad es poder resistir a aquello que nos satisface a corto plazo para alcanzar objetivos a futuro. Se trata de la capacidad de controlar nuestros impulsos, para lograr lo que queremos. Nadie carece completamente de ella, todos la tenemos, solo que en unas áreas más que en otras. Y es que si nos faltara por completo, comeríamos dulces hasta enfermarnos, o le gritaríamos constantemente a las personas cuando nos hacen molestar.

Durante dos décadas se creía que la voluntad, así como los chocolates, se gastaba. Ahora se sabe que no es así; de hecho, es ilimitada, infinita. Y aunque ciertamente no resulta descabellado pensar que a veces estamos seguros de haber agotado nuestro último cartucho de voluntad, al parecer, y según investigaciones recientes, la fuerza de voluntad no es una gasolina que se va acabando cada vez que el fastidio nos impide salir a hacer ejercicio, por ejemplo. No es un recurso con fecha de vencimiento.

Existen estudios como los realizados por Carol Dweck, doctora en Psicología y profesora de la Universidad de Stanford, que aseguran que nuestras creencias limitan o fortalecen nuestra fuerza de voluntad. Según ella, nuestra habilidad para creer no es algo fijo, lo podemos cambiar con el esfuerzo. Por su parte, la psicóloga Angela Lee Duckworth define la fuerza de voluntad como ese interés que tienen los individuos por conseguir metas a largo plazo. Para Duckworth, la fuerza de voluntad, así como la determinación, la perseverancia, el coraje y el valor aseguran mucho más el éxito de una persona que el cociente intelectual que tenga, o cualquier otra característica.

Aunque en internet podemos encontrar un sinfín de tácticas para aumentar nuestra fuerza de voluntad, personalmente comparto la conclusión a la que llegó Duckworth: lo más importante es la determinación, sin eso difícilmente lograremos cualquier cosa. Si tomamos en cuenta que la fuerza de voluntad es infinita, y que modificando nuestros paradigmas mentales podremos entrenarla, el escenario no es para nada desesperanzador. Y es que todos, sin excepción, tenemos la capacidad de fortalecerla. Lamentablemente no existen fórmulas mágicas, sólo ganas y mucha motivación. ¿Te animas?

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