El amor es el único idioma que necesita un par de lenguas para que sea entendido, es aquella luz que emerge de la oscuridad, es la esperanza del vencido, la bendición del que perdió la fe.

Amar es un sinfín de acciones, la más representativa es la decisión, amar es decidir y decidir es una de las acciones más complicadas que debe de hacer el humano. A veces creo que no se tiene miedo a la decisión, lo que nos aterra son las consecuencias de lo que una acción puede ejercer.

Qué bonita es la vida cuando se ama, que triste es la vida cuando invertimos el tiempo en el odio, que angosta es la línea que separa al amor y al odio, ambas se hacen con tanta pasión, con tanta fuerza que terminan siendo la misma cosa, solo que vista desde otra perspectiva.

La paradoja de la vida es que entre más ames, más te enseñas a odiar, más te terminas lastimando y creando un hueco en el pecho que es casi imposible de llenar.

Odiar y amar terminan siendo lo mismo, la diferencia es que el fin es distinto, uno ama para… ¿Uno para qué ama? Esa es la cuestión, uno odia y es para no olvidar, para mantener latente el recuerdo de un dolor que difícilmente enterramos.

Amor enterrado genera odio, un odio enterrado genera amor, sin amor no existe el odio, si no conocemos el odio, no le damos la valía que se merece al amor.

Al final del día, amar sin cuestionarse es igual a odiar sin recordar el motivo del sentimiento.

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