Mi libro favorito es una novela con nombre de ciudad: Liubliana. Amo ese libro; ha sido uno de los regalos más especiales que me han dado. Lo tenía autografiado por su autor, un hombre que se ha dedicado a escribir maravillas: Eduardo Sánchez Rugeles. Desafortunadamente, ahora no lo tengo conmigo y jamás lo tendré de vuelta: terminó volando por un bajante hace bastante tiempo. Algún día me compraré otro; seguro su edición será distinta y la dedicatoria cambiará. En todo caso, me encargaré de que su escritor lo firme; después de eso lo guardaré y no se lo prestaré a nadie nunca más…

Leer tiene un sinfín de beneficios, eso ya lo sabemos. De lo que tal vez pocos están conscientes es que ciertos tipos de libros, como los de literatura, producen cambios en nuestra personalidad. Para Keith Oatley, psicólogo inglés de la Universidad de Toronto, las personas que leen estos textos son más empáticas que aquellas que no lo hacen. Y es que son capaces de ponerse en el lugar del otro, y de entender su mundo desde una perspectiva diferente.

Luego de haber registrado el hábito de lectura de 94 personas, este psicólogo se dio cuenta de que quienes habían leído más novelas de ficción sabían diferenciar de una mejor manera los aspectos emocionales, y eran individuos más sociables que el resto. Según Oatley, la literatura cambia nuestro carácter y emociones, y con el tiempo logra modificar nuestra personalidad. Para él, las historias con personajes complejos nos permiten entender las relaciones humanas y mejoran nuestra comprensión social.

Oatley asegura que no hace falta relatar de manera exhaustiva una escena para que el lector le de rienda suelta a la imaginación. Sin embargo, desde mi punto de vista, una de las características más importantes que tienen estos textos son los detalles. Sin esa especificidad, sería más complicado “engancharse” con un relato. En cualquier caso, este tipo de lectura es capaz de despertarnos emociones intensas, y de envolvernos hasta hacernos sentir parte de la historia. Con ellas podemos viajar a los lugares más recónditos del planeta; y hasta logramos percibir, como si fuesen reales, los aromas que allí se describen.

Los libros nos marcan la mayoría de las veces. El sólo hecho de poder interiorizar los sentimientos que experimentan sus personajes, nos convierte en individuos más sensibles. Y aunque hay libros malos, también existen muchos buenos. Esos, precisamente, son los que no terminan: solemos recordarlos a pesar de la palabra “fin”. Así me ocurrió con Liubliana y su puente de los Dragones. Ojalá algún día pueda visitar ese rincón europeo. Ojalá algún día pueda recordar, entre esos dragones, esta trágica historia de amor con la que una vez me enamoré… Quién sabe.

 

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