De legendario brillante periodista cubano Agustin Tamargo guardo muy valiosos recuerdos y valientes acciones de el. Fue el primer cubano que me invito almorzar en Miami un viernes acabado de llegar de Cuba y después sin haberme dicho nada aquella estrella de las páginas dominicales de El Nuevo Herald me sorprende, dedicándome completa su columna dominical que les adjunto. Ella cuelga en mi casa y ha sido para mi uno de los mas valiosos estimulantes de mi vida. Descanse en paz el compatriota que fijo en todos la frase: Cuba primero, Cuba después y Cuba siempre”

 

Otra visión del futuro.

Por Agustín Tamargo

Este fin de semana tuve (creo) un raro privilegio: hable con el futuro de Cuba. (no. no me he metido a espiritista de la política. No practico esa inculta superstición). Digo que hable con el futuro de Cuba porque me encontré frente a frente con un representante de la nueva generación cubana, la generación del desengaño. Cinco millones de hombres y mujeres a los que Fidel Castro les robo un día su destino y han salido a buscarlo por el mundo.

¿Cómo se llama este hombre? Se llama Oscar Peña Martínez. ¿Qué era en Cuba? VicePresidente del Comité Cubano Pro Derechos Humanos que preside Gustavo Arcos. ¿Cómo es personalmente? Un típico cubano: franco, valiente, apasionado, discutidor. Pero mirando a este recién llegado y oyendo sus palabras y sus juicios, descubrí algo para mi vital: este hombre no odia. Nació y creció bajo un sistema de opresión. Su juventud (tenia 9 años en 1959) se ha caracterizado por todas las orfandades: de pan, de paz, de libertad. Y sin embargo, no odia. ¿¿Un anatema fulminante contra los otros cubanos que se han vinculado a la dictadura? No lo lanza. ¿Una palabra de reproche para ex aliado Armando Valladares que los motejo de traidores? No lo dice. ¿Un juicio critico contra ciertos grupos del destierro que los acusan de colaboracionistas? No lo hace. ¿Un voto de censura para las generaciones viejas que tanta incomprensión muestran a veces por la que estiman pasividad de la juventud cubana de la isla. No lo emite. ¿Es entonces un santo? No. Es un hombre distinto, producto de un medio y un drama diferentes de los nuestros. Como Gustavo Arcos (a quien tiene por maestro y guía pero a quien se niega a idealizar) entiende esta verdad y la proclama: “Castro nos metió a todos en una trampa mas sicológica que política y solo saldremos de ella por medio de un mea culpa general bañado de humanidad. Castro convirtió al cubano en enemigo del cubano. Castro partió la isla en dos, levantando diques contra el amor y barreras frente a la tolerancia. Solo rompiendo esos diques y saltando esas barreras podremos salvar a Cuba entre Todos, si es que la salvamos”.

Nada de esto es nuevo, desde luego. Otros lo han dicho antes que Oscar Peña Martínez. Pero la fuerza de su opinión radica en un hecho que nosotros no podemos presentar: este hombre viene de allá. En sus carnes y en su espíritu están las huellas de la tiranía. El la ha sufrido, no la mira desde la distancia del exilio. Allá en la isla dice el, “no se entienden a veces las querellas del destierro. Allá estamos pendientes de ustedes, seguimos atentamente lo que hablan, escriben y hacen ustedes, confiamos en que en el futuro la guía moral del rescate nacional y el brazo de la reconstrucción sean ustedes, pero a veces nos desconcertamos al observar ciertas conductas y escuchar ciertos juicios de Miami. ¿Es ninguna cosa realmente grande frente al drama de disolución que esta viviendo Cuba? ¿Puede ser más importantes los matices ideológicos o las aspiraciones personales que el hecho real de que allá hay una población de 10 millones de almas sometidas a diario al doble flagelo del hambre y del terror? Nosotros allá no criticamos, añade Oscar Peña. Tratamos de crear. No restamos, tratamos de sumar. ¿Que Mas Canosa habla con los rusos en Miami o en Moscú? Muy bien. ¿Qué la Plataforma Democrática pide una negociación política internacionalmente supervisada? Muy bien. ¿Qué otros piden un plebiscito? Muy bien. Lo que no nos gusta es que se le den excusas al opresor para continuar su obra de opresión. Por ejemplo: eso de hablar de saldar cuentas, o ahora de reclamar propiedades. ¡Ustedes no saben el daño que eso hace moralmente dentro de la población ¡ Le citare un caso. El gobierno construyo un Policlínico en un almacén de la Habana Vieja. Cuando se dijo allá que la familia propietaria del almacén se proponía reclamarlo, la prensa castrista abulto el hecho y armo tremendo escándalo durante semanas, diciendo: ¿No ven? ¡Eso es lo que quieren los gusanos de Miami! ¡Quitarles a ustedes el Policlínico! ¿Se dan cuenta aquí de lo que eso significa allá?”

Nos damos cuenta Oscar Peña pero de todos modos insistimos ciega y estúpidamente en tácticas que tienen un efecto contraproducente. Si alguien, por ejemplo, sugiere aquí que una acción combinada de las cancillerías rusa y americana podría contribuir a distender el problema de Cuba, los superpatriotas ponen el grito en el cielo y acusan al que lo proponga de ofender la soberanía de Cuba (a pesar de que ellos han estado siempre a sueldo de los yanquis). Si se propone que se llame a los oficiales jóvenes a dar un golpe de Estado, se saca el fantasma del caudillismo, del bonapartismo. Si se pide para Cuba un acuerdo negociado, con supervisión internacional, como el de Nicaragua, se dice que es una treta para salvar a Castro. Si se insta al pueblo a lanzarse a la calle en protesta para acabar de definir a los militares (con el déspota o con Cuba) se sacan los pañuelos de la hipocresía diciendo que eso es provocar una matanza. La cuestión es no hacer nada, no producir nada, pero criticando siempre a los que hacen algo o proponen algo. Con tácticas así, la tiranía no va a durar 30 años, sino 30,000.

Todo el mundo sabe que yo confió poco en las soluciones pacificas mientras exista Castro. Todo el mundo y la Seguridad saben también que mi tesis es la del magnicidio, seguido de un levantamiento popular. Me he vuelto escéptico, lo reconozco. Pero escuchando hablar a este joven cubano he pensado que acaso el y su generación están en lo cierto y yo soy el equivocado. Ellos pueden muy bien ser el futuro de Cuba. No entenderlo del todo no me autoriza a rechazarlo.

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