Prefiero silbar que cantar. Quizá, cantar sea mucho más liberador, pero nací para silbar. Adoro fruncir los labios y producir sonidos hermosos. Lo hago a la perfección: soy capaz de generar cualquier melodía. Sin embargo, sé que para muchos puede resultar insoportable escuchar a alguien silbar (tal vez por eso mi hermana decidió mudarse a Oceanía: siempre detestó que lo hiciera).

            En todo caso, además de silbar, canto. Sé cantar (como todos), pero lo hago mal. Canto cuando estoy sola, atormento a mis vecinos sin ningún tipo de consideración. Es estupendo para combatir tristezas y mejorar el estado de ánimo de cualquiera. Es de esos placeres que te llenan el alma, te recargan de energía y te pone a bailar el corazón.

            Sabemos que oír música tiene un poder especial, podemos sentir nostalgia o alegría con sólo escuchar una melodía. La música es mágica: nos hace recordar de forma inmediata momentos y personas. Pero, si además de escucharla, cantamos, logramos intensificar mucho más sus beneficios.

            Cantar podría parecer un simple pasatiempo; algo sin importancia que hacemos para distraernos, pero hacerlo es maravilloso para la salud de nuestro cuerpo. De hecho, algunos especialistas consideran que debe ser recomendado por los médicos.

            Según un estudio realizado en Suecia, cantar por 10 minutos nuestras canciones favoritas, reduce el envejecimiento del cerebro y lo mantiene en forma. Esto no significa que debamos eliminar las nueces de nuestra dieta diaria: sabemos lo poderosas que son para la salud de nuestra cabeza, pero los alérgicos a estos frutos secos pueden tomar en cuenta esta alternativa para beneficiar su mente.

            Además, cada vez que cantamos tenemos que esforzarnos en memorizar las letras de las canciones, lo que pone a funcionar nuestro cerebro (sobre todo si lo hacemos en otro idioma). De allí que durante nuestra infancia, cantábamos para aprender sobre ciertos temas; una manera divertida y efectiva de asimilar números, palabras y colores…

            Entonar nuestra melodía favorita también sirve para aliviar el dolor. Esto porque nos permite liberar endorfinas que, entre otras cosas, funcionan como potentes analgésicos. Y, aunque no lo crean, cuando cantamos tonificamos (un poco) nuestro abdomen. Al tener que  respirar de una manera distinta, nuestro centro corporal se activa y el vientre se reafirma. Por otra parte, cantar en grupo es estupendo para sociabilizar. Quien haya ido a un karaoke, entenderá por qué la música entonada por un montón de voces al unísono fomenta a la relación con el otro.

             Por último, una de las mejores razones para cantar más a menudo es que le sube el ánimo a cualquiera, lo que repercute en nuestra autoestima. No hace falta gastar muchísimo dinero en libros de autoayuda para sentirnos motivados. Sin importar  lo triste que estemos, cantar siempre nos hará sentir mejor: al hacerlo nuestro cerebro expulsa serotonina (lo que mejora nuestro humor) y endorfinas (las cuales nos producen felicidad); y nos permite disminuir los niveles de ansiedad y estrés al favorecer la liberación de emociones.

        Indudablemente, cantar es una manera divertida de drenar. Poco importa que tengamos mala voz o que no seamos afinados. Si no nos dedicamos a dar conciertos de manera profesional, esos detalles técnicos son irrelevantes. Trata de cantar al menos una vez al día, y aprovecha estos maravillosos beneficios. Seguro ya lo haces bajo la ducha…


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