Nunca aprendí a jugar ajedrez, pero sí intenté hacerlo una vez. Recuerdo ese día, los años no han podido borrarlo de mi cabeza: tenía a mi abuelo enfrente, nos separaba una pequeña mesa de vidrio, y encima de ella había un tablero de cuadros lleno de polvo. Las piezas en forma de caballo y de torre son las únicas que todavía mantengo en mi memoria. Muchas de estas figuras tenían pega o trazos de pintura, sólo unas pocas se mantenían intactas. Al verlas, sonreí: ni ellas pudieron salvarse de pasar por las manos de mi abuelo; su afán por reparar cualquier desbarajuste era algo serio.

Yo no entendía este juego de mesa. De hecho, solo me senté ahí porque él me lo había pedido, y a mí me gustaba verlo sonreír. Más que jugar con mi abuelo, recibí una clase larga y fastidiosa de cómo mover las piezas para poder ganar una partida. A mí el ajedrez no me interesó nunca. Y eso que había escuchado que era bueno para la cabeza. Pero soy tan dispersa, que tanta concentración me termina volviendo loca. Lamento no haber aprendido a jugarlo, no sólo por lo momentos extras que pude haber compartido con mi abuelo, sino por mis aptitudes mentales: no se pudieron desarrollar un poco más.

Este juego, considerado un deporte, es sumamente beneficioso por la cantidad de habilidades que se adquieren. En él no interviene el azar, sólo las decisiones que cada participante toma. Primero que todo, hay que mencionar que no importa la edad, el sexo ni la condición física de la persona; jugar ajedrez es como amar: lo puede hacer cualquiera siempre y cuando conozca las reglas. Este pasatiempo desarrolla considerablemente la concentración y la atención. Uno debe saber aislar cualquier tipo de distracción para que las jugadas no se vean afectadas, y para no perder la atención sobre los movimientos de nuestro contrincante. De allí que muchos jugadores permanezcan sentados por horas sin darse cuenta.

Este juego de estrategia, también desarrolla la capacidad de planificación de las personas, pues se debe prever los movimientos del otro para planear los nuestros. Y esto hace que manejemos de una mejor forma nuestros impulsos, y aprendamos a tener un mayor autocontrol: no debemos mover ninguna pieza de manera precipitada, es necesario mantener la calma. También mejora la memoria y la creatividad en los individuos, así como la capacidad de análisis y la habilidad para resolver problemas.

Existen muchos estudios que prueban que jugar ajedrez de manera sistemática eleva nuestro cociente intelectual. Asimismo, evita que el cerebro envejezca rápidamente, porque con cada partida lo ejercitamos de manera extraordinaria. Esto nos prepara para luchar contra enfermedades de deterioro mental, y nos vuelve la mente más ágil. Por último, y como dato curioso: cada vez que lo jugamos, trabajamos ambos hemisferios de nuestro cerebro.

No pretendo convencerte a que juegues ajedrez, después de todo, ni mi abuelo pudo contagiarme su amor hacia esta disciplina. Sin embargo, si tienes la oportunidad de que alguien te enseñe a jugarlo, no la desaproveches. Cada vez que realices uno de los tantos movimientos, estarás consintiendo enormemente tu cabeza; además, tendrás más confianza en ti mismo, lo que mejorará considerablemente tu autoestima. No dudes en desempolvar este juego de mesa que, seguro, tienes guardado en algún rincón de tu casa.

 

 

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