Una vez intenté entrar en estado de trance: acudí a una persona experta, de esas que hacen hipnosis. Como suelo creer en todo, tenía bastante fe en aquello. Con toda la disposición del mundo me senté en una silla y traté de desconectarme. No pude hacerlo: eso de estar con los ojos cerrados por varios minutos puede llegar a ser realmente insoportable para mí. Con mucha pena, preferí no seguir.

Mi papá ha intentado hacer hipnosis conmigo. No se dedica a esto, pero ha hecho algunos cursos de Programación Neurolingüística (PNL) y aprendió algo sobre este tema. Fui (y soy) su conejillo de Indias favorito: muchas veces he tenido que cerrar los ojos deseando entrar (sin éxito) en ese mundo profundo alejado de mi angustiada realidad.  Jamás lo he logrado, no me ha funcionado.

Antiguamente, quienes aplicaban la hipnosis eran llamados “brujos”  o “magos”, pues se creía que tenían poderes especiales. Aun cuando existen datos que confirman la utilización de técnicas similares a la hipnosis por los egipcios, no fue sino hasta mediados del siglo XVIII cuando se realizó  lo que hoy por hoy conocemos como hipnosis (término acuñado por un cirujano escocés llamado James Braid).

La hipnosis es un estado alterado de conciencia; un método para producir un sueño que no es real. Durante el proceso, una persona guía a otra, presentándole situaciones imaginarias. La idea es lograr estados más profundos del subconsciente, y reducir aquellas facultades analíticas y lógicas.

Ciertamente, se puede utilizar como una herramienta para fines terapéuticos. Algunos expertos aseguran que es efectiva, entre otras cosas, para eliminar fobias, combatir la obesidad y curar problemas de adicción. Pero la hipnosis también se ha usado en el mundo del espectáculo para realizar shows donde el hipnotizador sugestiona al público. No considero inadecuado valerse de esta herramienta para entretener pero, precisamente el hecho de usarla de esta forma, ha dado pie a falsas creencias.

No es cierto que una vez hipnotizados hacemos o decimos todo lo que el hipnotizador desee. Independientemente de lo profunda que sea la hipnosis, la persona jamás pierde el control. Tampoco podemos quedar atrapados en un estado de hipnosis. De hecho, el abandono del control por parte del hipnotizado es totalmente voluntario y puede ser retomado en cuento lo él desee.

Algunas personas también creen que, para que la hipnosis funcione, debemos ser sugestionables o débiles de mente, y que no todos podemos ser hipnotizados. Nada más lejos de la realidad: tal y como asegura Richard Bandler, psicólogo estadounidense y cofundador de la PNL, todo el mundo es hipnotizable.

Aunque todavía muchos consideran la hipnosis una práctica llena de magia y esoterismo, todos estamos constantemente en estados “alterados” de la mente: ver televisión, leer o simplemente estar muy concentrados realizando una actividad son solo algunas situaciones de estar en trance. Los niños, por ejemplo, son expertos en estar en ese estado, un estado que disfrutan mucho.

Con la hipnosis aprendemos a conectarnos con nuestro inconsciente. Más allá del misterio que pueda tener esta técnica, la hipnosis no es más que una simple pero poderosa herramienta capaz de ayudarnos a solucionar muchos de nuestros problemas. Quizá algún día la pruebe de nuevo; quizá algún día me sirva para resolver uno que otro inconveniente…

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