Cuando mi abuelo sacaba su tablero de ajedrez, yo me llenaba de paciencia. Honestamente, detestaba ese juego de mesa, quizá porque nunca lo entendí. Pero cuando ese hombre canoso de lentes de pasta me pedía “echar una partidita”, se me arrugaba el corazón: era imposible negarme. Aunque intenté jugar un par de veces,  jamás lo aprendí.

            Lo mismo me ocurrió con el dominó. Conocía lo básico; el primer jugador que se quedara sin fichas, ganaba. Luego mi abuelo me explicó que aquello era más complicado: una cuestión matemática en la que, además de hacer coincidir los puntitos negros de las fichas, se debía contar. Conclusión: tampoco sabía jugar dominó.

            Afortunadamente, en mi casa los juegos de mesa eran sencillos: tirar un par de dados y avanzar hasta ganar, barajar unas cuantas cartas, dibujar palabras o armar rompecabezas. Me crié entre juegos de mesa, esos que ya casi nadie compra. La tecnología parece haber fulminado la motivación de querer desempolvarlos.

            Los juegos de mesa son antiguos. Al parecer, el ajedrez y las damas chinas son los más viejos que existen. Sabemos que son divertidos y sirven para pasar el rato; sobre todo, cuando no podemos realizar actividades al aire libre porque la nieve nos visita, como ocurre en Montreal. Pero, además de entretenernos, aportan muchos beneficios.

            Aun cuando la mayoría de los juegos de mesa son para niños, los adultos también pueden sacarle provecho. En términos generales, los juegos de mesa incentivan el aprendizaje, y obligan a grandes y pequeños a tener paciencia, a esperar el turno, y a seguir y respetar reglas. También nos enseñan que no siempre se gana, así como ocurre en la vida. Nos ayudan a trabajar la frustración cuando no resultamos victoriosos, y refuerzan la autoestima cuando ganamos.

            Algunos sirven para que los niños desarrollen sus capacidades motoras. Mientras que otros se enfocan en desarrollar la concentración, y estimulan la creatividad y la fantasía. Muchos fomentan el pensamiento lógico y matemático, incrementan la capacidad de análisis, y hasta enriquecen nuestro vocabulario, ¡sin importar la edad que tengamos!

            El adorado ajedrez de mi abuelo, por ejemplo, permite desarrollar la concentración, fomenta la toma de decisiones, y ayuda a tener iniciativa para resolver un problema. Los rompecabezas, por otra parte, incitan la agilidad mental y, según algunas investigaciones, pueden retardar la aparición del alzhéimer; mientras que el clásico juego de cartas es bueno, entre otras cosas, para ejercitar la memoria.

            Los juegos de mesa divierten y nos unen. Permiten conectar a padres e hijos, logrando estrechar el vínculo familiar, y fortalecen las relaciones sociales, ya que muchos de estos se juegan en equipo.

            En los tiempos de ahora, resulta todo un reto sentar a varias personas en la mesa para jugar. Sus manos, quizás, no recuerden cómo mover los dados; ahora son expertas en presionar teclas. En todo caso, sería beneficioso volver a lo tradicional, cuando lográbamos apreciar texturas, esas que ahora se disfrazan de pantalla. Destapar una caja de alguno de estos juegos es la excusa perfecta para compartir más con nuestra familia y amigos. Sacude el polvo de esos tableros y… ¡comienza a jugar!

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