A nadie le gusta llorar. Eso de tener la cara mojada y los ojos hinchados es una pérdida de glamur total. No sólo nos pone feos, llorar es desagradable porque cuando lo hacemos nos duele el corazón. Sin embargo, las lágrimas no siempre demuestran tristeza: hay personas que lloran de tanto reír o simplemente al estornudar. Pero cuando lloramos porque nos sentimos mal, es mágico y reparador: nuestro estado de ánimo cambia inmediatamente. ¿A quién no le gusta llorar hasta sentir que nos quedamos sin fuerzas?

Existen personas que se creen más valientes que el resto sólo porque no derraman lágrimas. Para ellos pesa más la vergüenza de mostrarse sensibles e inseguros, que dejarse llevar por sus emociones y expulsar unas cuantas gotas de este líquido salado. Quizá de pequeños les prohibieron llorar, y ahora de adultos les cuesta hacerlo. El resultado: individuos mucho más irritables y nerviosos que aquellos que sí expresan su dolor a través del llanto.

Todos preferiríamos pasarnos la vida felices, sonriendo a cada instante, pero lo cierto es que debemos llorar porque nuestro cuerpo lo necesita. Existen estudios que confirman que cada vez que lo hacemos liberamos tensiones; y es que este acto tiene un efecto sedante en nuestro organismo: luego de llorar, nos sentimos calmados. Cada vez que lloramos, se eliminan grandes cantidades de manganeso, un mineral que en altos niveles en la sangre nos hace sentir fatigados y ansiosos. Además, llorar permite hidratar el globo ocular, y limpia los lagrimales del ojo. Las lágrimas también evitan la deshidratación de las mucosas de los ojos (importante para mantener la vista en perfectas condiciones), facilitan el parpadeo, y matan ciertas bacterias gracias a una enzima llamada lisozima.

Cuando lloramos, nuestro cuerpo segrega oxitocina y opiáceos, los cuales permiten que nos sintamos tranquilos y relajados. Por eso, después de llorar queda una sensación profunda de bienestar, ya que estas sustancias funcionan como calmantes naturales que alivian el dolor. Igualmente, nos permite liberar toxinas acumuladas en el organismo, elimina tristezas y libera tensiones. Muchos expertos coinciden que el mayor beneficio de este acto es calmarnos y hacernos sentir relajados.

Aguantarse el llanto, por el contrario, resulta perjudicial para nuestra salud. Las emociones que contenemos bloquean el flujo de energía, afectando nuestro organismo. El cuerpo tiene que drenar por algún lugar todo aquello que le hace mal, sólo de esta manera podremos sentirnos aliviados y tranquilos. Físicamente, quienes reprimen las lágrimas sufren dolores de cabeza y cuello. Además, sienten malestar estomacal, mareos y se les baja las defensas, lo que los vuelve más propenso a sufrir cualquier tipo de enfermedad.

No existe mejor frase para cerrar este post que la que encontramos en el libro El principito de Antoine de Saint-Exupéry: “Es tan misterioso el país de las lágrimas”. Un país necesario porque el dolor nos hace más humanos y verdaderos. Por eso, las lágrimas nunca están de más y derramarlas siempre será, además de liberador, muy necesario.

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Erika De Paz

Comunicadora social caraqueña egresada de la Universidad Católica Andrés Bello. Instructora de Pilates y practicante de yoga. Adora leer, escribir y pasar tiempo investigando sobre el bienestar. La salud, la buena alimentación, el deporte y la felicidad son sus temas favoritos, y los protagonistas de este blog.

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