A veces sentimos que si nos tocan vamos a estallar. Algunos derramamos lágrimas, otros gritan, y existen quienes viven de mal humor. Dicen que escribir a mano permite “sacar” las emociones que tenemos guardadas. Tengo una lista larga de personas a las que les regalaría una resma entera de papel, y una cartuchera llena de lápices afilados. Quizá así comiencen a vaciarse un poco, y dejen de amargarle la existencia al resto de la humanidad. Algún día empezaré a repartir hojas y bolígrafos…

Eso de que la escritura es terapéutica es un cliché que esconde mucha verdad. De hecho, el hombre ha tenido la necesidad de escribir desde tiempos prehistóricos. Este acto tan sencillo, permite desahogarnos, y si lo que escribimos, además, tiene un remitente, podemos saldar cuentas pendientes, cerrar ciclos y decir aquello que nos faltó expresar. En este sentido, las cartas son maravillosas: sanan el alma sin necesidad de ser enviadas. Lo importante con ellas es escribirlas, no mandarlas. Una vez lo hice; escribí una carta para alguien, una que jamás envié. La quemé y casi incendio, literalmente, la cocina de mi casa. Había escuchado tanto sobre la efectividad de este “método”, que quería probar qué tal resultaba. Luego de tanto humo, cenizas y olor a quemado, me sentí renovada.

Actualmente, escribir a mano resulta toda una excentricidad. Estamos rodeados de teclados y pantallas que escupen letras hermosas y palabras corregidas. Atrás quedaron los papeles y los lápices, los tachones y las cartas. Afortunadamente, todavía existen quienes protegen esto de escribir como en los tiempos de antaño. Y es que muchos expertos aseguran que plasmar sobre papel lo que sentimos, permite quitarnos un peso de encima, brinda bienestar y es sumamente liberador.

Según el psicólogo de la Universidad de Texas, James Pennebaker (quien ha estudiado por años el poder que tiene la escritura para sanarnos), escribir nos relaja, sirve para fortalecer nuestro sistema inmunológico, mejora nuestra presión arterial y nos hace dormir como bebés. Para él, este acto de representar de manera gráfica las ideas, nos obliga a cambiar nuestra forma de pensar, porque nos permite detenernos. Podemos escribirle a una persona que jamás veremos de nuevo, a un problema; incluso, a nosotros mismos. Esto nos sirve para liberar sentimientos como la rabia y el rencor, y es una manera de perdonar. Poco importa que el destinatario se entere: perdonamos para sentirnos bien con nosotros mismos, y no para complacer al otro.

También podemos escribirle a alguien que murió, no sólo a un viejo amor. Esto ayuda en el proceso de duelo, sobre todo si no nos logramos despedir de esta persona. Hay quienes guardan las cartas, otros deciden enterrarlas o lanzarlas al mar. Yo prefiero quemarlas, por aquello de que el fuego es un elemento purificador. Es indistinto el ritual que escojamos. Cuando escribimos pensamos despacio y nuestra mente se aclara; es una manera de poner en físico algo intangible y abstracto como lo es el pensamiento. Lo mejor de todo es que el papel “aguanta” todo, una innumerable cantidad de borrones, y muchos tachones. En este espacio podemos equivocarnos.

Siempre existe alguien a quien le debemos una carta; escribirla es una manera estupenda de comunicarle, a escondidas, lo que no pudimos hacer en persona. Todos tenemos un “a ti” pendiente, un destinatario secreto. Este acto tan simple resulta sumamente poderoso, mágico y milagroso. Comienza a escribir cartas, y envíalas al universo.

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Erika De Paz

Comunicadora social caraqueña egresada de la Universidad Católica Andrés Bello. Instructora de Pilates y practicante de yoga. Adora leer, escribir y pasar tiempo investigando sobre el bienestar. La salud, la buena alimentación, el deporte y la felicidad son sus temas favoritos, y los protagonistas de este blog.

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